“También hemos citado el peligro de que las empresas marquen las prioridades de desarrollo y que se privatice el conocimiento. Esto último –la privatización del conocimiento– entronca con dos de los problemas más graves con los que se debe medir el software libre: 1) la poca o nula disponibilidad de los fabricantes a facilitar información técnica relevante sobre sus dispositivos, ni a fabricar drivers para GNU/Linux que permitan utilizar los nuevos dispositivos que van apareciendo en el mercado; y 2) las patentes del software, como forma de privatización de las ideas, verdadera amenaza para el software libre, ya que obligan a esperar durante años a que expiren patentes de invención que son cruciales para poder utilizar determinados programas.

Algunas de esos elementos, o varios combinados entre sí, podrían desmoronar la cooperación sin mando y, por tanto, la comunidad de software libre tal y como hoy la conocemos: y si no hay comunidad, no hay software libre; puede haber fuentes abiertas y públicas incluso, pero no software libre. Se hace pues cada vez más necesario un análisis político del software libre que lleve a una toma de postura política o, si se prefiere, a una apuesta ética que no ponga en primer lugar la conveniencia o la mera instrumentalización de si es mejor o peor que las opciones propietarias. Estamos ante un fenómeno que escapa claramente a los parámetros clásicos de la economía política y de la ideología: escapa a los parámetros ideológicos al uso, pues ni acaba de encajar en una visión antagonista –hay grandes dosis de pragmatismo y no existe una visión decididamente anticapitalista– y tampoco encaja en el neoliberalismo puro y duro –la libertad absoluta es un valor fundamental del movimiento, sí, pero no el único pues hay también principios éticos acerca de lo público, del apoyo mutuo y del acceso igualitario y horizontal a los recursos del conocimiento y en contra de la privatización del saber humano. Es una nueva noción de bien público, no tutelado por el mercado ni por el Estado: es un nuevo espacio público no estatal. No hay duda de que un nuevo modelo de cooperación social productiva ha surgido en torno al software libre: falta saber lo que dará de sí esa comunidad, además de buenas herramientas informáticas, y si este nuevo paradigma podrá extenderse a otros sectores de la producción inmaterial.

Estamos pues ante una verdadera contienda política, que no está ganada ni mucho menos, y que requiere determinación y apoyo al software
libre y una lucha decidida contra las patentes de software y demás leyes sobre la propiedad intelectual que previsiblemente podrían detener su
avance. Me gustaría acabar citando unas palabras de los paleoantropólogos Carbonell y Sala, del proyecto Atapuerca, pues me parecen un
magnífico colofón que de algún modo resume y explica dónde reside la singularidad y la potencia del software libre:

<<No es la humanización de la tecnología lo que debemos buscar, sino su socialización. No es posible humanizar algo que es exclusivamente humano. La socialización es lo que permite un crecimiento exponencial de las capacidades humanas>>”.

(Miquel Vidal en http://dyne.org/editora_fantasma.pdf )

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